No he sido yo nunca muy de cómics. A ver, lo que es gustarme, me gustan, pero ser adicto a los cómics (y quien dice a los cómics, dice a los libros, al teatro... a la cultura en general) sale muy caro en este país. No lo digo metafóricamente, lo digo porque es lo que es. En España te sale más a cuenta ser adicto al tabaco o el alcohol (o incluso al fútbol, que ahí sí que ya se mezcla todo) que a la cultura. Y así nos va, que somos la envidia de Europa. Ay qué rico el solecito y la cervecita... en fin, pasopalabrota.
Pero de vez en cuando, cuando la ocasión lo merece, sí me gasto los dineros en algún cómic que merezca la pena. La gama puede ir desde la serie entera de Sandman (obra maestra donde las haiga) hasta Batman: El regreso del caballero oscuro, pasando incluso por Mot, que es mi cómic español favorito (y seguramente por desconocimiento de otros, lo admito). El caso es que, en un ejercicio miss-sanchecístico de los míos, descubrí a toro pasado hará un año unos cómics titulados Grimm Fairy Tales.
La cosa viene a ser como mezclar en una coctelera Creepy con el libro gordo de Petete, cuentos de hadas y erotismo barato y gratuíto, que nunca viene mal. O para que nos entendamos: la premisa argumental pasa por que una especie de misteriosa profesora con el aspecto de una estrella del porno se dedique a enseñar lecciones morales un poco pasadas de rosca a personajes de la vida moderna (todos ellos y, especialmente, todas ellas, con el aspecto de estrellas del porno... o por lo menos, de concursantes de Gran Hermano VIP), usando para ello un libro en el que se muestran versiones de cuentos de hadas de toda la vida pasados por un tamiz un tanto más perverso y adulto... o eso es lo que se creían los autores, porque como se publiquen mis cuentos de hadas de terror (crucemos los dedos), se van a cagar estos dos. Pues bien, yo sabía que la colección no era precisamente lo más, pero cualquiera que me conozca sabe de mi veneración enfermiza por todo lo que tenga que ver con los cuentos de hadas (pero no rollo gatitos que rapean y princesitas guerreras... me refiero a cuentos chungos, cuanto más, mejor, de los de que el lobo se zampa a la abuela y la madre -no madrastra- de Blancanieves es tan zorra que pide que le arranquen el corazón a su propia hija y se lo come guisado). Así pues, me compré los cómics y... mira, la mayoría son para para pasar el rato y ya, ¿eh? Porque yo sé que los autores querían capturar el signo de nuestros tiempos... pero vamos, lo que también entiendo (no sé si ingenuamente por mi parte) es que el signo de nuestros tiempos es algo más que un pantalón de cintura baja y un tanga que sobresale, no sé si me explico.

Aún con todo, vi el otro día en la tienda un comic-book que me llamó la atención, precisamente de los mismos creadores: Regreso al país de las maravillas. Y después de leer los otros, me olía yo que iba a ser más o menos lo mismo. Pero para nada, hijos, para nada. A ver, sí, al principio los dibujos son un poco de musiquilla porno en plan cha-no-no-naaau y Alicia tiene pinta de ser un poco como... a ver cómo te lo diría yo...

... vamos, que un poco viciosa. Liberal, vaya, de ideología pin-up. Aunque ya os digo que, una vez leído, quedé encantado porque, al contrario de la mayoría de los Grimm Fairy Tales, este llevaba la profundidad psicológica más allá de la mastodóntica talla de suje de las protagonistas. Y es que los autores han sabido dar a los mundos de Lewis Carroll un toque no sólo morboso, sino directamente macabro, decididamente bien enraizado en el género de terror e incluso abiertamente gore, que yo creo que funciona a las mil maravillas. Además, todo ello dando un trasfondo muy adulto, bien razonado y realmente absorbente, que me parece que en algunos aspectos (en tanto en cuanto a dignificación de un medio no siempre bien considerado, sobre todo) casi se podría equiparar con lo logrado por Neil Gaiman con su célebre Sandman. No quiero contaros mucho más por no spoilear demasiado, en caso de que a alguno le dé por leerlo, pero diré que no es Alicia la que vuelve al país de las maravillas, sino su hija adolescente. Y que la famosa "locura" de los habitantes del país se toma de una forma más literal y menos graciosa, vaya.

Y sí, han sacado portadas que exageran un poco de más ese erotismo ya de por sí exacerbado que tiene la obra en cuestión, pero en serio: no os dejéis confundir por las portadas, que lo de dentro es mucho más.





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